domingo, 23 de septiembre de 2012

5. Hotel Los Ibones


Leer el cuento


    Creo que las nuevas tecnologías son un caldo de cultivo para narradores impostores y cuentistas tontos. El Word (además de cambiarte el texto a traición) te corrige las faltas y te facilita sinónimos; la Wikipedia te da información, real o discutible, de casi todo lo que necesites; puedes buscar textos e imitarlos o plagiarlos. Por eso, me atreví a escribir. No me veía yo rodeado de todo tipo libros para documentarme, ni pasando una tarde entera en la biblioteca. Definitivamente, soy un cuentista, además de tonto, impostor.
  Tenía que escribir un cuento donde dos mujeres, con personalidades opuestas, se pierden en la nieve. Hotel Los Ibones empezó llamándose Maneras de vivir. A la jefa le pareció que relataba una road movie, que carecía de cualquier dramatismo. Me lo hizo repetir, pero nunca me dijo, después, que le pareció. Prefiero no imaginarlo.
       El cuento transcurre por la zona de Benasque, donde nunca he estado, pero que, gracias a Google Maps, pude imaginar.
      Como no tengo fotos de la zona, voy a poner un enlace con una casa rural de mis primos y, de paso, les hago un poco de publicidad.

—Ya estamos llegando al desvío que nos llevará al hotel —dijo Marga—. ¡Mira, una señal de Los Ibones a la izquierda!; espero que el hotel sea menos cutre que la indicación.
—Ya era hora —añadió Pili—, está empezando a anochecer y está todo nevado.
Giraron por donde indicaba la señal y continuaron durante dos kilómetros, hasta que el coche empezó a patinar. No tuvieron más remedio que poner las cadenas; no contaban con ello; ninguna de las dos las había puesto antes. Intentó hacerlo Marga y no pudo; al final lo consiguió Pili. Estuvieron a punto de darse la vuelta, pero una especie de magnetismo hacia ese lugar les hizo continuar.
Apenas consiguieron conducir un kilómetro más, en lo que invirtieron veinte minutos. Habían apagado la música y, durante ese tramo,  ninguna de las dos se atrevió a abrir la boca, como si por hablar, el coche se pudiera vencer a la izquierda y empezará a dar vueltas de campana hasta el pinar que se vislumbraba más abajo.
Llegaron a un cruce de caminos, donde una nueva señal apuntaba en dirección al hotel, y allí, donde menos estorbó, aparcaron el coche; la calzada era ya intransitable. Se calzaron las botas, cogieron las mochilas, una linterna y siguieron la indicación.
—Espero que no esté muy lejos — dijo Marga.
—A lo mejor… prefieres que nos volvamos —insinuó Pili con un tono algo retador.
—Después de conducir seiscientos kilómetros no vamos a dar la vuelta, por mí, podemos continuar —alegó seria su compañera.
Marga tiene 32 años; es alta, esbelta; es una de las socias de un despacho de abogados; vive en un apartamento en Chamberí; lleva una vida saludable y procura seleccionar sus compañías. Le faltan pocos meses para casarse con Fernando, hermano mediano de Nicolás y Leandro. Le encanta Norah Jones.
Al poco rato, Marga perdió el equilibrio, de forma que al caer se dobló la muñeca izquierda, lo que le hizo dar un ahogado grito de dolor.
Pili la observaba de reojo mientras la adelantaba por la derecha. Unos metros adelante se paró a esperarla, pensando en lo poco curtida que estaba su acompañante.
Marga no quería quejarse, pero el dolor se hacía cada vez más intenso. Pili se había dado cuenta de  que las lágrimas que surcaban su cara no eran por el frío. Siguieron caminando un buen rato, hasta que la accidentada se sentó en una roca, se quitó con sumo cuidado el guante izquierdo y pudo verse un hueso que sobresalía más de la cuenta.
.—Trae que vea esa mano —dijo Pili, que había retrocedido hasta su altura.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Marga.
—No te preocupes; a ver esa mano.
Un aullido quebró el silencio de la noche.
—¿Qué has hecho, animal?
—Intenta mover la mano — inquirió Pili.
—¡Sí, puedo moverla!; me sigue doliendo, pero menos.
Pili se casó con Leandro cuando acababa de cumplir los veinte, estando embarazada de su hijo mayor, que ahora tiene 21 años; su otra hija tiene 15. Acabó la EGB, aunque ella no lo sabe, porque nunca pasó a recoger las notas de octavo; trabaja de chica para todo en un colegio de Villaverde Bajo, su barrio; es bajita y rellenita, aunque sin llegar a estar gorda; Es una rockera empedernida y se apunta a un bombardeo. Adora a Rosendo Mercado.
—Eres sorprendente —afirmó Marga—,  sabes poner cadenas, dar masajes…
—Ya sé que soy inculta y ordinaria, pero algunas cosas no se me dan mal, aunque no haya hecho ningún master de esos que tanto hacéis ahora, que dejé el colegio para trabajar.
—Está claro que lo más importante no se aprende en la universidad concluyó Marga.
Siguieron caminando, sin apenas conversar, ya que las mujeres no se tenían mucha confianza y eran conscientes de su poca afinidad.
Después de avanzar más de un kilómetro, cuando el cansancio hacía mella en sus piernas, vieron otra señal del Hotel Los Ibones al lado de un chamizo, entre dos caminos; pero no indicaba con claridad cuál de ellos deberían seguir. Discutieron sobre la conveniencia de pedir información, pues a Marga no le gustaba nada el sitio, así que esperó afuera, sentada en un bordillo que había en una de las paredes laterales del cobertizo,  pasando Pili a preguntar.
—Buenas noches,  ¿podría decirme si voy bien para el Hotel Los Ibones?
—Pase un momento, que le enseño un plano —dijo el viejo habitante del lugar, que miró con disimulo si había alguien en el exterior; se acercó a un sucio mueble y cogió la escopeta allí apoyada—. Mejor que aquí, guapa, no vas a pasar la noche en ningún hotel.
—¡¿Pero qué va a hacer?! —gritó lo suficiente para que pudiera ser oída por Marga.
Ésta escuchó el gritó de Pili y cogió uno de los leños que había en el poyete, acercándose temblorosa al quicio la puerta, donde vio al hombre de espaldas, que apuntaba a su presa, impidiéndole la salida; y, cuando iba darle el golpe en la cabeza, cedió su mano herida y soltó el madero, lo que hizo que el viejo se volviera, aprovechando Pili para atacarle, dándole un cabezazo tan fuerte en el abdomen, y de refilón a la escopeta,  que le tiró al suelo; Marga, sin pensarlo, le pisó la cabeza, lo que sirvió a Pili para quitarle el arma y apuntarle, sin tener ni idea de cómo usarla. No obstante, el viejo obedeció las órdenes de las mujeres, ya que el fusil siempre lo mantenía cargado.
No había cobertura telefónica, por lo que no pudieron avisar a la policía; así que decidieron atarle con una soga a la mesa de piedra que presidía aquella estancia; lo hizo Pili, pues Marga no podía utilizar la mano izquierda, aunque sí pudo apuntarle con la escopeta, apoyándola, como pudo, en el antebrazo. La sangre brotaba de la coronilla de Pili, golpeada con el cargador del fusil.
Trémulas y desconcertadas salieron al exterior, gimoteando, sin saber qué camino tomar, el de la derecha, el de la izquierda o el de vuelta, cuando a Marga le pareció atisbar una luz a unos quinientos metros, por lo que decidieron seguir; estaban asustadas y exhaustas, además con una carga adicional, la escopeta.
Veinte minutos más tarde, cuando ya casi se tenían que agarrar la una a la otra para no caerse del agotamiento, llegaron a la casa; se acercaron y pudieron ver una tablilla en la pared donde, escrito en letras verdes y rojas, pudo leer Pili, casi sin aliento:
—Refugio de Estós; aquí nos quedamos. ¡Qué den por culo al hotel!
Abrieron la puerta, sin apenas fuerza para hacerlo, y se encontraron a un montón de chavales mirándolas y riendo, con una pancarta encima de sus cabezas que rezaba “Bienvenidas cuñadas”, y detrás de ellos apareció la cabeza de Nicolás. Las mujeres, aturdidas, no podían creer lo que estaban viendo.
—¡Bienvenidas al Hotel Los Ibones! —anunció Nicolás—. Unos mullidos sacos de dormir y un hermoso baño compartido os esperan; y además los chicos os van a  preparar una chuletada que os vais a chupar los dedos. Eso sí, no nos atraquéis —dijo al percatarse de que venían armadas.
Las mujeres contaron todo lo sucedido, lo que hizo al chico sentirse despreciable. Ni siquiera había previsto que la nevada del día anterior hiciera tan impracticable el camino, que tuvieran que abandonar el coche. Él que había urdido el plan para que en uno de sus juegos, tras las campanadas de fin de año, les tocara como premio una noche en el imaginario Hotel Los Ibones. A ellas, Pili y Marga, que eran tan distintas, las que menos congeniaban, las que nunca hablaban entre sí.
Vendaron la muñeca de Marga y curaron la brecha de Pili; se pusieron cómodas, descansaron un rato, se relajaron y comieron chuletas hasta saciarse. Después tomaron café y unos chupitos de aguardiente de la montaña. Nicolás les explicó el plan previsto para el día siguiente, harían una tranquila excursión por los ibones, pequeños lagos, helados en esa época. Después se encargarían del viejo.
No tardaron en acostarse y en dormirse, después de todo, unos sacos y unas colchonetas resultaban reconfortantes.



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